Email del 6 de febrero 2025


Hace muchos años, capaz 10 años, uno de mis hijos tenía que llevar una torta o pastel al colegio.

 

Por una cuestión logística mi marido no podía. Y era él quien siempre las hacía.

 

Yo nunca había hecho una.

 

 

La tenía que hacer sí o sí.

 

Entonces agarré una caja de pre mezcla a las que se les agrega huevo, leche y listo.

 

 

Acomodé la batidora, los ingredientes, empecé a leer las instrucciones en un lateral de la caja y me dispuse a hacerla.

 

Tengo la creencia de que si sigo las instrucciones paso a paso todo sale como tiene que salir.

 

Así que las leí cuidadosamente y las seguí al pie de la letra.

 

 

Ya la tenía en el horno cuando llegaron mi marido y su hermana.

 

Ellos son dos de las personas que conozco que mejor cocinan. Son espectaculares en eso (y otras cosas).

 

En la cocina, realmente son excelentes.

 

Cuando les dije que había tenido que hacer la torta, se sorprendieron.

 

Yo nunca cocinaba (ni cocino) nada y menos si está alguno de ellos dos.

 

 

Pero las circunstancias me habían obligado y allí estaba yo con mi torta en el horno esperando el veredicto.

 

 

Cuando saqué la torta del horno y la vieron, se sorprendieron más todavía.

 

 

Esas tortas habitualmente salen elevadas en el medio, como una montaña, y luego para decorarlas hay que cortarlas y emparejarlas.

 

La mía había salido perfecta. Alta por igual en todos lados. Bien alta. Pareja. Bien cocida.

 

Parecía la torta de la foto de la caja.

 

 

Mi cuñada me miró y me dijo ¿cómo la hiciste?

 

Como dice la caja, le contesté. Y le expliqué el paso a paso.

 

 

Claro, resulta que las instrucciones recomendaban un paso que quienes no leen las instrucciones no hacen.

 

Y ella no lo hacía.

 

Y el resultado era otro.

 

 

¿Por qué me acordé de esta anécdota?

 

Porque estoy leyendo un libro que se llama Agilidad emocional, de Susan David, y habla de la incapacidad adquirida de los expertos.

 

Dice que cuando somos especialistas en algo perdemos cierta flexibilidad porque entramos en un modo predeterminado de hacer las cosas.

 

Y que esa es la razón por la que los especialistas suelen ser los últimos en advertir soluciones de sentido común a problemas simples.

 

 

A dónde quiero llegar con todo esto: a que muchas veces sólo buscamos la mirada de un experto para ciertas cosas y, a veces, la respuesta de alguien menos conocedor del tema puede ser igual o más brillante.

 

 

Y, además, si somos expertos en algo sigamos con la cabeza abierta y escuchando, no sólo a los que son más expertos que nosotros sino también a quienes no tienen nada que ver con nuestro tema.

 

Hay anécdotas brillantes al respecto como la de la reunión en una fábrica de pasta dental en la que estaban buscando estrategias para que se vendiera más el producto. Que si el sabor, que si la textura, que si el alcance de la publicidad… Estaban en plena conversación cuando entró la persona que les servía el café. Mientras iba repartiendo las tazas advirtió de que trataba ese punto de la reunión. Antes de retirarse, bandeja en mano, les dijo «si quieren vender más, agranden la boca del tubo de la pasta dental».

 

Lo hicieron. Y funcionó. De hecho, si tenés más de 30 años, seguramente te acuerdes de que antes eran mucho más pequeñas.

 

Una solución simple que los expertos no estaban viendo.

 

 

Felicidad es dar valor tanto a la sabiduría de la experiencia como a la frescura de la ignorancia.

 

Hasta mañana, con amor,

 

Ana

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